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21 mar 2013

Libertad y límites (entrevista a Rebeca Wild)

Fuente: La Vanguardia

Tengo 67 años. Nací en Alemania y desde hace 45 años vivo en Ecuador, donde en 1977 fundé junto a mi marido un centro escolar alternativo que ha despertado gran interés a escala mundial. Tenemos dos hijos y tres nietos. He publicado ‘Libertad y límites’, con la editorial Herder, que pretende explicar cómo los límites son necesarios para el desarrollo, pero hay que saber aplicarlos. Rebeca Wild

 

-       ¿Por qué tanto niño en las consultas de los psicólogos? ¿No estaremos criando a los niños  para una sociedad en la que se valora más la adaptación que la consideración de los procesos humanos de desarrollo?

-       Posiblemente

¿Tienen que estar agradecidos los hijos de los indios de los Andes porque, en lugar de acompañar a sus padres al campo, pueden acudir a escuelas de cemento para poder repetir lo que un profesor dice de memoria? ¿Se convertirán así en personas perfectamente válidas?

-       No. Los humanos tenemos un proceso biológico de desarrollo y aprendizaje que hay que respetar. Enseñar antes de hora a leer a un niño no es hacerlo más inteligente.

-       ¿Cuál es la alternativa?
No está en la educación sin límites de muchos padres alternativos, y tampoco en la autoritaria, porque nadie se comporta mal cuando se siente bien. Comportarse mal significa no percibir los límites o menospreciarlos.

-       Límites sí, pero... Los límites que incluyen un entorno adecuado a las necesidades del niño le proporcionan seguridad. Sólo en un ambiente en el que los conceptos de libertad y límites son vividos con coherencia, será posible una convivencia armónica.

-       ¿Por qué se portan mal?
Para llamar la atención del adulto y, muy a menudo, para descargarse de toda una serie de actividades (ir al supermercado, aguantar una visita, no tocar eso, no correr, no gritar...) que van contra la naturaleza del desarrollo del niño.

-       A veces te los tienes que llevar de compras.
Lo sé. Pero hay que saber que eso a ellos no les gusta, y pactar. Muchos padres no tienen tiempo suficiente para sus hijos y llenan ese vacío con caprichos que no son necesidades auténticas: regalos, concesiones, dejarles estar levantados de noche hasta tarde o caramelos.
 
-       Los padres tienen que trabajar.
Cuando estás con ellos, has de estar al 100%. ¿Estás realmente presente cuando atiendes sus necesidades físicas (a la hora de la comida, el baño) o estás sólo a medias con los pensamientos en otro lugar?

-       Entiendo.
Estos detalles cotidianos son la base para la autoconfianza del niño. No le dé caramelos, dele atención, interésese por lo que hace el niño sin por ello interrumpirle o dirigirle. Estos momentos de atención en los que el niño no necesita al adulto y ni siquiera ha solicitado su presencia aportan las pruebas más claras de un amor sin condiciones.

-       A los niños no les gusta que sus padres hablen por teléfono.
Interrumpa la conversación, diríjase al niño, establezca un contacto directo con él y dígale que ahora no puede estar por él.

-       ¿Contacto directo?
Sí, agáchese, póngase a su altura, tóquele, mírele a los ojos y háblele...

-       Limites sí, pero con atención.
Exacto, con atención y amor. Si no quiero que mi hijo toque el aparato de música, no me cargo de paciencia hasta estallar en un grito, no discuto ni doy explicaciones eternas. Simplemente me coloco yo como límite físico entre el aparato y él y con palabras firmes le digo que no le permito jugar con ese objeto. En lugar de una prohibición, el niño se ve frente a alguien que no le rechaza sino que se planta con las señales de una ya conocida presencia que le ama entre él y esa cosa que no puede tener.

-       Puede estallar una pataleta.
Los límites siempre son dolorosos, y en especial para niños con un viejo dolor, pero hay que permanecer firme sin anular el sentimiento del niño con explicaciones. Deje al niño que desahogue esos viejos dolores.

-       ¿Demasiadas explicaciones son negativas?
Los niños utilizan todavía todos sus sentidos para establecer contacto con el mundo exterior. Se orientan por nuestra postura, mirada, expresión, olor y sonidos.

-       ¿Limite y presencia?
Sí, no hay que dejar al niño sólo en el difícil momento del límite. Cuando está dolido debe sentirse acompañado, pero en ningún caso intentar explicarle los buenos motivos que nos llevan a establecer ese límite, porque hacer eso es no respetar ese momento de dolor.

-       ¿Si el niño juega con la comida?
Mantenerse firme en el “¡No, con la comida no!”, pero el proceso de desarrollo del niño le exige ese revolver, así que hay que preparar algo en su entorno con lo que el niño pueda remover. Eso se puede aplicar en todas esas actividades en las que los niños quieren participar: si estás cortando zanahorias, dale un cuchillo adecuado, pero sobre todo no le digas cómo debe hacerlo.

-       No hay que ser entrometido.
Nunca te inmiscuyas en sus juegos, dale autonomía y déjale realizarse. 


Montserrat Reyes

9 ene 2013

El ejercicio libre vs gimnasia

El libro se titula "desplegándose". Con solo ver la foto de la portada ya se intuye un texto lleno de enseñanzas. Niños encaramados en un árbol parecen disfrutar del momento. Se observa en sus cuerpos relajados, sus posturas atrevidas, la confianza en sus posibilidades, el respeto hacia el grupo.

Elfriede Hengstenberg, profesora alemana de gimnasia, aportó a sus alumnos algo que iba más allá del mero pefeccionamiento físico: la conciencia de su cuerpo a través del movimiento libre y espontáneo, en quietud y en movimiento. Buscaba la independencia (tanto fisica como emocional) del niño a través del conocimiento de sus limitaciones (para superarlas) y de sus posibilidades.

Cuando recién se graduó y empezó a instruir a niños en sus habilidades gimnásticas, observó que fuera del alua los alumnos volvían a sus posturas insanas. Quiso ir más allá, que aquellos movimientos fluidos y sanos que aprendían se mantuvieran en su vida diaria. Trabajando con Elsa Gindler y Heinrich Jakoby, así como de sus intercambios con Emmi Pikler, desarrolló unas bases para su trabajo, y así lo hizo durante más de 65 años.

El libro está lleno de ilustraciones y explicaciones de sus actividades, con ejemplos de niños concretos. Hengsti (como la llamaban sus alumnos) seleccionaba unas tareas y se las presentaba al grupo de manera atractiva, aunque les permitía que explorasen e investigasen de forma libre: "les dejo que luchen solos con sus dificultades y no me inmiscuyo en lo que emprenden". Sólo cuando consideraba que sus pruebas individuales habían madurado hasta un cierto grado, se permitía dar explicaciones o propuestas.

Otra premisa suya era relacionar las actividades gimnásticas con las actividades de la vida contidiana. Se observaban en posturas habituales y entre todos aportaban ideas para mejorar esa actitud que bloqueaba la fluidez del organismo.


Su manera de manejar la torelancia frente a las frustaciones la explica en las siguientes palabras "siempre he tratado de ayudar a los niños lo menos posible. Si los mayores intervienen dierectamente con demasiada frecuencia los niños no se esfuerzan los suficiente. Si los niños se ayudan mutuamente raramente obtienen más ayuda de la  necesaria".

Las sesiones siempre estaban abiertas a modificaciones sugeridas y aprobadas por el grupo. Muchas veces ellos mismos proponían variaciones de los ejercicios, para conocerse yendo más allá.  Sabía que el interés en los juegos hacía que los chicos fueran más atentos y conscientes de su proceder. Hacía incapié en la cooperación, en respetar el ritmo de los demás, ya que otra premisa suya era permitir la exploración propia en un ambiente seguro, libre de presiones y juicios.




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Montserrat Reyes

10 jun 2012

Prácticas desaconsejadas: hacer andar a un bebé...


... agarrándolo de sus manos, cuando todavía no lo hace por sí mismo.


En cuanto a la motricidad general del bebé, hay dos prácticas muy comunes que los padres realizamos con ellos, especialmente a partir de sus 6 meses de edad. Ambas van en contra de favorecer un adecuado y armónico desarrollo global del bebé. De una ya hemos hablado: colocar a un bebé en posición sentada cuándo éste no lo hace por sí mismo. La segunda tiene que ver con la bipedestación: agarrar a un bebé de sus manos, ayudarlo para colocarlo de pie y hacerlo andar (cuando todavía no anda independientemente).

Puede ser que la sociedad competitiva en la que vivimos, donde la consigna es “cuanto antes mejor”, nos empuje a tener unas expectativas altas para nuestros hijos. Creo que en nuestra mentalidad colectiva hay una creencia muy poderosa y arraigada que dice: cuanto antes ande un niño más éxito tendrá en la vida. De ser de otra manera no entiendo que pongamos tanto énfasis en intentar y tanto orgullo al decir que nuestro hijo ya andaba a los 9 meses. Cuando les pregunto a estos padres si sus  hijos gatearon, todos dicen que no. 

Observo en los Talleres de Juegos que la mayoría de los padres no son conscientes de que estas intervenciones no favorecen un fisiológico desarrollo. Muchos me dicen “es que se agarra a mí y me pide que lo levante” y claro, de ahí lo hacen andar. Según  nuestra filosofía de trabajo, lo primero es favorecer el gateo (o al menos no dificultarlo). Si  éste mismo bebé está lejos de la madre y quiere incorporarse no tendrá más que ir hasta ella. Una vez allí, yo le digo a la madre que obviamente le deje incorporarse, pero que no sea ella la que lo levante, sino que sea él el se agarre y se impulse.

Una vez que el bebé sabe ponerse de pie agarrándose a superficies sólidas no hay quien se lo impida. Y no es bueno oponerse… creo que no se podría. Desde este momento hasta sus primeros pasos independientes realizará incansable y repetidamente innumerables movimientos intermedios.  Si por costumbre, cuando el bebé nos pide que lo levantemos lo hacemos andar agarrado de nuestras manos:
  • Estamos impidiendo que éste adquiera el desarrollo de su equilibrio, el cual se ejercita al echar todo su peso sobre una pierna y sobre otra.
  • Al llevarlos semicolgados suelen andar de puntillas. Sólo apoyando todo el peso del cuerpo sobre la planta de los pies se evita el andar de puntillas cuya permanencia acarrearía problemas de equilibro.
  • Todos los movimientos previos al momentos de andar por si mismo son impedidos al hacerlo andar directamente: incorporarse agarrado a un silla, agacharse desde aquí a coger algo del suelo, andar de lado agarrado al sofá, incorporarse apoyándose sobre la pared, incorporarse y agacharse sin agarrase a nada… Todos estos movimientos son necesarios para un adecuado desarrollo global.
  • Si "no hacemos las cosas por él” le transmitimos que confiamos en sus capacidades de crecer y avanzar. Le enseñamos desde pequeños a esforzarse y superar las dificultades y/o frustraciones que la vida inevitablemente nos presenta. Aprende que estamos a su lado para apoyarlo y ayudarlo siempre que lo necesite, sin impedir su natural anhelo de movimiento, aprendizaje, crecimiento y conocimiento.
Adjunto el enlace de un artículo titulado "Nueve razones para evitar hacer andar a los bebés" donde su autora Silvana Batocci no da estas y otras más razones para evitar dicha práctica. 
 
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Montserrat Reyes 

11 oct 2011

La importancia del suelo en el desarrollo global del bebé


En los Grupos de Juegos con padres y bebés jugamos en el suelo (en realidad sobre colchonetas finas). Todos con ropa cómoda y los bebés sin zapatos ni calcetines (éstos suelen resbalar sobre el parquet, también sobre mantas o alfombras). Sentar a nuestro hijo en la hamaquita, el carrito de paseo o en el sofá rodeado de cojines debería estar restringido a mínimos momentos durante el día más que como costumbre habitual. Alrededor de los 4 meses el suelo será su mejor aliado para escalar en su desarrollo global (no sólo físico). 

Sally Goddard (en su libro "Reflejos, aprendizaje y comportamiento") estudia la importancia de los reflejos en el desarrollo infantil. Quizás hemos observado al pediatra, en sus primeras exploraciones a nuestro recién nacido, cómo testaba sus reflejos primarios: el de Moro (el bebé abre sus brazos y manos, quizás llore, tras un estímulo repentino; poco a poco va volviendo a su posición original de flexión de brazos y manos cerradas), el palmar (el bebé queda literalmente colgado de los dedos del explorador cuando éste toca la palma de sus manos cerrándolas fuertemente)…Y varios más. Estos reflejos primarios, necesarios para la adaptación a la vida extrauterina en los primeros meses, han desaparecido alrededor de los 6-12 meses. Algunos han sido sustituidos por otros reflejos, llamados posturales.  La permanencia de alguno de ellos provocará una debilidad o inmadurez estructural en el sistema nervioso: se evidencia en problemas motores, de comportamiento, lectura, escritura, comprensión…
¿Cómo podemos los padres ayudar a que nuestro hijo tenga un desarrollo global sano y fluido, favoreciendo la normal evolución de sus reflejos? Muchas veces no se trata de “qué hacer”, sino de “qué no hacer”. Goddard dice “después del amor y la disciplina, la libertad de movimiento y la libertad de jugar son los regalos más importantes que un padre puede dar a sus hijos”. El aprendizaje del mundo comienza con su propio cuerpo. El suelo es el medio ideal,  libre de barreras, que permite al niño experimentar con su cuerpo. La frustración y los “fracasos” permiten al niño desarrollar estrategias. (1) Un bebé de 7 meses tendido boca arriba en el suelo, ve  un juguete que le interesa, quiere llegar a él, lo intenta moviendo su cuerpo para colocarse boca abajo, protesta porque aún quedó lejos y no sabe gatear, su madre le apoya (pero no le da el juguete para que “no sufra”) y quizás se lo facilita o le alienta y le ayuda a llegar a él. (2) Un bebé de 8 meses acaba de estrenar su habilidad para el gateo, pero todavía no lo controla bien y a veces sus brazos le fallan y cae hacia delante: aprendemos qué es el equilibrio gracias a las caídas. Su mamá permite que experimente con su cuerpo y si llora por el golpe, le consuela y sigue alentando a intentarlo de nuevo.

El aprendizaje ocurre en el cerebro a partir de la información que nos llega del exterior a través de los sentidos. De los sentidos cruciales para el aprendizaje, cinco comparten la percepción del movimiento como denominador común: equilibrio, tacto, visión, audición y propiocepción. “La capacidad de comprender el movimiento a través de los sentidos es el fundamento del aprendizaje”.



Montserrat Reyes

24 sept 2011

Etapa de Producción. Fase Anal (18 Meses- 3 Años)


La principal característica de esta etapa es un impulso vital de autonomía. Los padres advertimos claramente el momento en el que empiezan a responder con un “no” a nuestras peticiones. Antes no ocurría, aceptaban de buen grado cualquier situación ofrecida “ahora a comer, ahora te voy a bañar, ahora vamos a la calle”. Y es que el conocimiento y dominio de su cuerpo se ha ampliado de forma significativa: andar, correr, arrojar, patear, subir, bajar, comer sólo, quitarse la ropa….. Esta necesidad de independencia trae consigo un deseo de responder a su voluntad casi inmediatamente; si ésta no es satisfecha cuando ellos lo requieren, vivenciamos las tan temidas pataletas.  Se produce en esta fase un choque de voluntades entre padres e hijos: comenzamos  a poner los primeros límites. 

Todas estas reacciones tan tediosas para los padres son normales y deseables para su sano desarrollo.  Alrededor de los 2 años surgen impulsos de autonomía y diferenciación. A raíz de aquí formarán su primer registro de poder personal  (yo puedo, yo sé, tengo valor). El ser conscientes de esta delicada fase nos ayuda a ser pacientes y amorosos (aunque a veces nos traicione el cansancio y no lo seamos tanto; lo importante es no mantener una actitud de reprobación y crítica constante).  Debemos tener cuidado con etiquetarlos (ahora y siempre) “es un protestón”, “es un llorón”… o hacerlos sentir culpables “me sacas los nervios de quicio”,  “estoy cansada de ti”…

En cuanto a los límites, cabe recordar que todavía tienen una limitada capacidad para asimilar y recordar órdenes; quizás tengamos que repetirle la misma regla varias veces para que pueda integrarla. Los padres debemos practicar una firmeza… amorosa. 

Otra característica de esta etapa tiene que ver con la higiene y aseo personal. Una de las primeras proezas absolutamente personales que los niños realizan es el control urinario y de la expulsión de heces. Y anhelan ser reconocidos por lo que producen y por su capacidad de dominio sobre lo que desean.  Este período sensible exige, también apoyo, comprensión y paciencia. Debe ser un proceso fluido, sin presiones y angustias paternas. Siempre que se garanticen estas premisas, el logro definitivo del control de los esfínteres ocurrirá cuando su sistema neuronal esté maduro para esta habilidad. 

Quizás las madres notemos que nuestro hijo se pega de forma  insistente a nuestras faldas, requiere nuestros brazos más a menudo y le cuesta mucho despegarse. Puede que también observemos algo más de apego a su objeto de transición (chupete, peluche, mantita…), que lo sienten como algo que forma parte de sí mismos  y les da seguridad.  Y es que en su “descubrir el mundo” y desplegar su autonomía surge un  miedo a lo desconocido y a separarse de aquello que conoce y tanto quiere. Así que frases como “tiene mamitis” o “está demasiado pegado” dichas con la intención de expresar que algo va mal están fuera de lugar. Es normal requieran ese apego y no debemos etiquetarlos y hacerlos sentir mal por un impulso innato que poseen y que no pueden ni debieran evitar.  
 

Juegos para la Fase de Producción (F. Anal)

En esta fase nace el arte y la creatividad. Buscan la aceptación y aprobación de sus logros individuales. A partir de los 18 meses surge un deseo de pintar, dibujar.
1.    Colocar papel continuo sobre una pared. Ofrécele ceras para que raye y pinte. Permítele que utilice la mano que quiera. Si le ofreces dos colores puede que dibuje con ambas manos a la vez. Está pintando con el brazo, desde el hombro.
2.    Coloca un papel o cartulinas amplias en el suelo. Permítele que pinte con las ceras. Rayas y garabatos. Está pintando con el antebrazo, desde el codo.
3.    Cuando tenga alrededor de 3 años, puede sentarse en una silla delante de una mesa y colocar un papel sobre ella.  Está pintando con la mano.

Sus fantasías de explorar sus primeros productos (heces y orina) pueden ser sublimadas jugando con agua, arena, barro, plastilina.
1.    Mezcla agua con harina y jugad con la masa.
2.    En la playa puede jugar con arena seca o a hacer castillos mezclando agua con arena.
3.    Plastilina de colores (las hay comestibles).
4.    Con espaguetis cocidos (y fríos): permítele meter las manos en la olla para que amase y meta los dedos entre ellos.
5.    Te puede ayudar a lavar un trapo en un barreño, jugando con la espuma, estrujando el trapo…

Ya que en esta fase ocurren los primeros registros de suciedad-limpieza y sentido estético, podemos concluir los anteriores juegos invitándoles a ayudarnos a recoger y limpiar. 

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Montserrat Reyes

1 mar 2011

A los 18 meses

Mi hijo Leo acaba de cumplir 18 meses. Vengo notando en él algunos cambios en su comportamiento que me tienen confusa. Lo noto muy sensible y quejoso. Llora con facilidad y parece que ni él mismo sabe por qué. Acude de mí con algo en la mano, me lo da y se pone a llorar, y no acierto a saber qué quiere por mucho que pruebe.  Cuando se siente frustrado tira su chupete, aunque él mismo se sorprende de su gesto y me mira como sorprendido.  Los cambios no le gustan mucho, sobre todo si son cosas personales: llora si muevo su sillita mientras limpio el suelo, aunque esté entretenido en otra cosa. Y se pasa el día abrazado a mi pierna o pidiendo mi mano para llevarme a cualquier lugar que desee ir. ¿Serán rasgos que están definiendo su personalidad? ¿Será que todos los niños pasan por una fase parecida? Se dice que ésta es otra etapa de transición: como a los 3 y 6 meses, también al año.

Inma Marín, en su libro “El placer de jugar”, cuenta que el período comprendido entre 1 y 2 años es muy rico en cuanto a transformaciones evolutivas: desarrollo del lenguaje, perfección de habilidades motoras, conciencia del “yo” separado de los demás.  Su comportamiento es más parecido al de un niño de dos años que de uno, por lo que es fácil exigirle demasiado olvidando que se encuentra en una fase de transición crítica.

Según Gessel, en su libro “El niño de 1 a 4 años”, el niño de esta edad es reacio a los cambios de rutina (a los 12 meses es más dócil) debido a su inmadurez, por eso los evita luchando (rabietas).  Esta oposición tiene una función conservadora, no es una agresividad gratuita.  Su psicología exige transiciones graduales y moderadas: no le llegan ni la disciplina severa ni los retos. Su negatividad tiene un significado evolutivo, más que emocional. Prefiera golpear al aire y no al intruso, aunque cuando sea socialmente más maduro seguramente le dará un cachete al intruso.

Es acaparador, parece estar siempre a las faldas de su madre. A los dos años acudirá menos a la madre, pero aún desplegará cierta “resistencia” que constituye un síntoma, completamente normal, de inmadurez. Parece ser que el reconocimiento del “yo” y del “otro” no es tarea fácil a esta edad. A los 18 meses empieza a reclamar lo mío y a distinguir entre tú y yo, aunque de forma muy elemental. Sus conocimientos sociales son inmaduros: egocéntrico (no egoísta) porque en las demás personas no percibe individuos como él mismo.   

Oigo a padres hablar de sus hijos: es un llorón, está enmadrado, es muy dependiente, es un listillo, me monta el pollo en cualquier lugar... Y les ponen una etiqueta al niño que probablemente él acabe creyendo y actuando en consecuencia. Entiendo que muchas de las actitudes y comportamientos de nuestros hijos a estas edades son fruto del proceso evolutivo en el que están. La clave puede estar en confiar en que ese comportamiento que nos molesta, no lo hace para fastidiar o para aprovecharse de nosotros, sino que tiene un porqué y una función (aunque no sepamos cuál). Confiemos en ello y actuemos entonces con respeto y cariño.  

Montserrat Reyes

11 sept 2010

Tolerancia frente a las frustraciones

Pablete por StoperA las madres nos gusta contarnos los logros de nuestros hijos. Es algo que no podemos evitar, basta con que se junten dos bebés desconocidos en cualquier sitio, por ejemplo, en la cola del supermercado, para que nos enfrasquemos en una conversación que tiene como origen, generalmente, alguna proeza física que alguno de los bebés está realizando en ese mismo momento. Hay un comentario que escucho muy a menudo y que siempre me sorprende: “Mi hijo nunca gateó, es un poco vago, él sólo quería ponerse de pie y andar”. Y a pesar de que el niño se lleva gratuitamente un juicio nada positivo, se suele decir con orgullo.

Los beneficios físicos, auditivos, visuales y cognitivos del gateo están ampliamente demostrados. Y para que un niño gatee es necesario que esté el mayor tiempo posible en el suelo. Si le damos esta oportunidad, debido a su instinto natural por moverse y alcanzar lo que le interesa, pasará de estar boca arriba, a rodar a boca abajo, a sentarse, colocarse en cuatro patas para balancearse y finalmente gatear. Y la afirmación de esa madre que justifica que su hijo nunca quiso gatear, continúa con “es que cuando lo ponía boca abajo se enfadaba y lloraba”. Es interesante el hecho de que la mayoría de los padres lo suelen justificar de esta misma manera. Su hijo no tolera la frustración.

Sin embargo, los adultos sabemos que es eso precisamente lo que hace que avancemos. La frustración que nos provoca no tener lo que ansiamos hace que desarrollemos estrategias para conseguirlo. Somos conscientes de que si nos venimos abajo ante el sólo pensamiento de no haber alcanzado lo que deseamos, difícilmente buscaremos una solución al problema. Un bebé consigue girar de boca arriba a boca abajo porque el estar tendido todo el tiempo mirando el techo (o algún juguete colgante) ya es poco para él, quiere más, quiere explorar su entorno desde otra perspectiva. Pero si cuando está boca abajo no puede sostenerse sobre los brazos o no consigue sostener erguida su cabeza, se enfada y protesta. Entonces, los padres queremos apoyarlo, estando a su lado, animándolo y ofreciéndole estímulos adecuados para que vaya superando esa frustración y vaya entrenando esa cadena muscular que le permitirá, por fin, mirar de un lado al otro cuando está tendido sobre su barriga. Si ante su protesta optamos por ahorrarle el "disgusto", estamos suprimiendo el estímulo que lo haría avanzar.

Pensemos quizás qué sentimos nosotros cuando vemos a nuestro hijo “sufrir”. ¿Quizás pensamos que el sufrimiento es inútil? ¿Queremos que su infancia sea más fácil que la nuestra? Y qué sentimos ante nuestras propias frustraciones, ¿solemos vivirlas como una oportunidad para crecer o quizás nos damos la vuelta y no miramos más en esa dirección? Somos sus padres los que le enseñamos cómo afrontar las dificultades de la vida.

Montserrat Reyes

Foto: Flickr - bionicteaching